El llamamiento de Dios

¿Quienes son los llamados? ¿A qué son llamados?

El llamamiento de Dios tiene dos características: un llamado a ser y un llamado a hacer.

El supremo llamamiento: ser…

«No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» (Filipenses 3:12-14)

Hay un supremo llamamiento de Dios a nuestras vidas y por lo tanto es el mas importante. Es mas importante ser que hacer. Este supremo llamamiento es ser como Cristo, ser santo como Él es santo, es ser conformados a su imagen y semejanza. Ser santo y sin mancha delante de Él.

«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.» (Ro 8.29)
«según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.» (Ef 1.4-5)

No somos llamados a ser simplemente creyentes salvos que participan de actividades de la iglesia. Somos llamados a ser discípulos verdaderos, comprometidos con nuestro Señor. Discípulos que se niegan a sí mismo, que toman su cruz cada día, que lo siguen (Mr 8.34); que ponen a Jesucristo en primer lugar por sobre todas las cosas (Lc 14.26-27).

Discípulos libres, sin excusas. Sin que nada nos ate a este mundo. Desarraigados, que no haya ninguna cosa de esta vida que nos arraigue fuera de Jesucristo.

Arraigados en Cristo Jesús

El llamamiento de Dios
«Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.» (Col 2.6-7)

Me contaron acerca de una visión que tuvo un hermano hace tiempo, donde se veía un árbol con grandes raíces que era arrancado de la tierra y lo daban vuelta apuntando las raíces al cielo para que este árbol sea arraigado al cielo y ya no mas en la tierra. Así deben ser nuestras vidas. “Arraigados y sobre-edificados en Cristo”.

Este supremo llamamiento a la santidad, al compromiso y al desarraigo de este mundo, es para todos nosotros.

Llamado a hacer

¿Cuál es la misión que el Señor nos encomendó?

Cumplidos los tiempos, Jesús muere en la cruz cargando con todos nuestros pecados, maldiciones y enfermedades. Resucita al tercer día, venciendo sobre la muerte, el pecado y satanás. Luego de esto, se presenta durante algunos días mas ante sus discípulos y les encomienda la misión:

«Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.» (Mt 28.18-20)

Toda potestad me es dada…” todo poder, todo dominio, toda autoridad. Jesucristo es el centro del universo y de toda la creación. “De Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas” (Ro 11.36); “Él es antes de todas las cosas” (Col 1.15-20); es “el principio y el fin” (Ap 22.13).

Muchas veces para animarnos a la evangelización se nos motiva a mirar a las multitudes que mueren sin Cristo. Quiero expresar aquí que esta es una motivación incorrecta. La verdadera motivación para ir y hacer discípulos es Jesucristo. Que le fue entregado todo poder y autoridad, el Padre lo sentó a su diestra como Señor de señores y Rey de reyes, para reinar. Él mismo comenzó su ministerio aquí en la tierra diciendo: “arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 4.17).

El reino de Dios, no es el cielo, no es la iglesia, no es un lugar físico; el reino significa que Dios reina. Es el reinado de Dios. Este reino vino a nosotros en la persona de Jesucristo el Rey. Ahora Él vive en nosotros y donde quiera que vamos el reino de Dios va con nosotros. Cuando vamos al trabajo, a la escuela o la universidad, cuando vamos de compras, cuando vamos de paseos o visitas, el reino de Dios va con nosotros. Es Emanuel, Dios con nosotros.

Id y haced discípulos” es la misión que el Señor nos entregó. Prestemos bien atención a esto. El Señor no nos envió a hacer creyentes, ni a traer gente a la iglesia. Nos envía a hacer discípulos.

«Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.» (Col 2.6-7)

¿De qué manera hemos recibido al Señor? ¿Qué evangelio nos han predicado? ¡Prestemos atención qué evangelio predicamos! Si predicamos un evangelio de ofertas tendremos como resultado creyentes demandantes de Dios y la iglesia. Por el contrario, si predicamos el evangelio del reino de Dios, como lo predicaba Jesucristo y sus apóstoles, obtendremos discípulos comprometidos que sirven. Un discípulo es alguien que se niega a si mismo, que toma su cruz y le sigue (Mr 8.34; Lc 14.25-27).

A todas las naciones”. Cuando leemos Mt 28.19-20, entendemos que este mandato no es para unos pocos. No es solamente para pastores, misioneros o líderes. Sino para toda la iglesia. De igual manera el llamado de ir a todas las naciones es para toda la iglesia.

Hace unas cuantas décadas atrás los misioneros eran casi superhéroes, literalmente lo dejaban todo para irse en largos viajes y quizás no regresar mas. No existían los medios de transportes y de comunicación que hay hoy. Luego en el lugar de misión la familia misionera hacia todo, absolutamente todo el trabajo. Hoy es un tiempo diferente. Como en la iglesia primitiva, otra vez la obra la hace toda la iglesia, se hace en equipo. Entonces, el llamado de ir y hacer discípulos a todas las naciones es para toda la iglesia. Esto se hace según Hch 1.8

«pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.» (Hch 1.8)

En nuestra ciudad (Jerusalén), en toda nuestra provincia (Judea), en la provincia vecina (Samaria) y hasta lo último de la tierra. Y esto no es progresivamente, es decir, primero aquí, luego allí y luego más allá. Sino que se hace “mientras tanto”, todo al mismo tiempo, mientras se hace en Jerusalén, se hace en Samaria, etc., etc. Toda la iglesia haciendo discípulos en todas las naciones. Todos somos parte de la obra que se hace en todas partes. Cuando tú haces discípulos a tus vecinos estas haciendo discípulos a todas las naciones. De igual manera tú puedes ser parte de lo que yo puedo hacer en otras naciones.

Enamorados de Jesús

En los primeros meses de haber llegado a mi tierra de misión, en Norte de África, un país diferente con un idioma, una cultura y una religión diferentes, mi interrogante en oración era cómo predicaría el evangelio a esas personas. ¿Qué método usaría? Dios me habló luego de algunas semanas, diciéndome: “enamórate de mi”. Lo hizo por medio de varios pasajes de las Escrituras, entre ellos Apocalipsis 2.2-4, especialmente cuando dice: «pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor». Fue un desafío muy grande para mí, aunque al principio no entendí el mensaje que el Espíritu Santo tenía para mi vida. Él quiere ser lo mas importante para nosotros, quiere tener el primer lugar en nuestras vidas.

En resumen, nuestro buen Dios quería enseñarme que “no hay mejor método de evangelismo que estar enamorados de Él”. Cuando se aprenden métodos se corre el riesgo de transmitir letra fría, cosas aprendidas para repetir. Pero cuando tu hablas de tu relación intima y amorosa con el Señor, transmites vida. No hablas de cosas que te contaron, sino de tu propia experiencia. Nuestro Dios es amor. Él está “profundamente” enamorado de nosotros. Dice que «el Espíritu nos anhela celosamente». Él nos amó primero y lo dio todo por nosotros, aun su propia vida.

Resumiendo

El llamado de Dios es para todos nosotros, los discípulos de Jesucristo, los que hemos nacido de nuevo, mediante la fe, arrepentimiento y el bautismo. Todos somos llamados con doble llamamiento: ser y hacer.

«Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos.» (2 Tim 1.9)

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