Antiguo y Nuevo Pacto

Un tema muy importante que merece más tiempo y espacio para desarrollarlo mejor, pero que mencionaremos aquí a modo de introduccion, es la necesidad de saber diferenciar entre el antiguo y nuevo pacto.

Un gran problema que hay en la iglesia en estos tiempos es que se mezcla todo y se piensa que es todo lo mismo. Por ejemplo, muchas veces se quiere hacer cumplir los mandamientos de Moisés sin pensar que si se va a cumplir la ley, se debe acatar toda, sin quitar absolutamente nada.

Antiguo y nuevo pacto

Dios estableció un pacto con sus pueblo en la antiguedad. Bajo ese pacto estableció leyes, que dio a través de Moisés. Estas son las tablas con los diez mandamientos y todo lo que está en Levítico, Números, Deuteronomio.

Nuevo Pacto

Pero viene Jesucristo, trae y establece un Nuevo Pacto. Al traer un Nuevo Pacto trae una nueva ley. La ley del reino de Dios. Por ejemplo, en el sermón del monte Jesús enseña esta nueva ley y su diferencia con el anterior, diciendo: «Oísteis que fue dicho, mas yo os digo…». Y esto lo repite varias veces. Esto es una ley mayor que la de Moisés, es más fuerte. Hay otras cosas que hoy el Señor juzga sobre nosotros. Entonces tenemos que diferenciar bien esto.

«La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él.» (Lc 16.16)

Antes de Juan el Bautista se anunciaba la ley, que marcaba la moral o la santidad del pueblo. Se predicaba a los profetas, estos anunciaban la venida del Mesías Salvador y la venida del reino. Vino Jesucristo y ya no se anuncia la ley, ni los profetas. Pues, Cristo es el cumplimiento de las profecías. El trae un reino y trae una nueva ley para este nuevo reino. Entonces, ahora se anuncia el reino de Dios a través de Jesucristo. Aquí entonces hay un cambio. Hay un antes y un después. Un antiguo pacto que termina y un nuevo pacto que se establece. De ninguna manera el nuevo no es una continuación del antiguo. Necesitamos saber diferenciar bien esto. Hebreos y Romanos hablan acerca del propósito de la ley. Y hablan de este nuevo tiempo; y que Dios nos ha hecho ministros de un Nuevo Pacto.

Debemos comprender bien la diferencia entre los dos pactos. Son dos cosas y dos tiempos muy diferentes. El pueblo se relacionaba con Dios de una manera en la antigüedad y hoy nuestra forma de relacionarnos con Dios es de otra manera. Pero la gente confunde y mezcla todo. Por ejemplo, en Pentecostés desciende por primera vez el Espíritu Santo y está en nosotros, está con nosotros todo el tiempo. En la antigüedad el Espíritu de Dios no estaba en la tierra. Había que entrar al lugar santísimo, que lo hacia una sola persona, una vez en el año. Lo otro, era que eventualmente Dios escogía algunas personas, especiales, que Él ungía; y hablaba a través de esas personas: los profetas. Entonces, el Espíritu Santo descendía sobre esas personas y traía palabra al pueblo exclusivamente por medio de ellos.

Centrados en el Nuevo Testamento

En este tiempo, la iglesia confundida, ora pidiendo que venga el Espíritu Santo. Cuando Él ya está con nosotros, ya vino; lo que necesitamos es darle su lugar, preguntarle, escucharle, entregarle el lugar que le corresponde. Estamos invitando al dueño de la casa a que venga a su casa. Él es le dueño de la casa, habita aquí en nosotros, los que hemos nacido de nuevo.

El comprender bien estas cosas, hacen que nos centremos más en el Nuevo Testamento. Por supuesto, no descartamos el Antiguo Testamento, porque «toda la Escritura es inspirada por Dios, útil para…» (2 Tim 3.16). Pero es útil, no dice que tenemos que concentrarnos en esto hoy. Sin embargo la Escritura del Nuevo Pacto dice que debemos llenarnos de la palabra de Cristo:

«La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.» (Col 3.16)
«Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo. » (Ro 10.17; LBLA)

Y también la gran comisión de Mateo 28.19-20 nos enseña que debemos enseñar a obedecer todos los mandamientos de Jesucristo, no los mandamientos de Moisés.

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.»

Entonces aprendamos a discernir a cual de los pactos pertenecemos…

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