Nuevos Tiempos

Tanto en la vida como en la obra del Señor se van cumpliendo ciclos y distintas etapas se van superando. Estos son, entre otras cosas, señales de crecimiento, de avance, de desarrollo.

Hemos comprendido de parte de Dios que Él nos ha ido sumergiendo en una nueva dimensión de su obra. Con gratitud en nuestros corazones por todo lo que el Altísimo nos ha permitido alcanzar hasta aquí y reconociendo lo bueno e importante que fueron las distintas etapas que hemos ido cruzando, nos disponemos ahora a seguir siendo guiados por el soplo apacible del Espíritu Santo.

De ninguna manera descartamos las lecciones aprendidas y los logros alcanzados en el pasado. Sino por el contrario, sin dejar de hacer lo primero queremos avanzar hacia la integralidad de la misión, dando pasos concretos que nos permitan ir completando lo que nos falta para la extensión plena y absoluta del reino de Dios entre los pueblos donde trabajamos por su llamado y gracia. 

Ciertamente entendemos que el Señor nos ha ido guiando, en estos últimos años, en la honrosa tarea de plan­tar iglesias. En uno de los países (restringido al Evangelio) donde hace más tiempo que estamos trabajando, en su gracia y bendita misericor­dia, Dios nos ha permitido ser sus colaboradores en el comienzo de varias de estas comunidades, de manera directa y hemos acompañado el desarrollo de estas y otras, ayudando para su desarrollo y crecimiento. ¡A nuestro Amado Señor sea toda la gloria!

Dios nos ha dado una clara visión y estrategia para la extensión de su Reino. En nuestra misión no hace­mos simplemente evangelismo o plantación de iglesias, la meta de nuestro ministerio es la multiplicación de discípulos que hacen discípulos. La motivación que nos moviliza e inquieta es el avance del reino de Dios sobre la faz de la tierra y de esta manera preparar el camino para el regreso glorioso de nues­tro Señor Jesucristo.

No intentamos tener todo bajo control. Dejamos que el Espíritu Santo nos sorprenda. Si Él dirige la obra y nuestras vidas, seguramente nos llevará por caminos que ni imaginamos. Tengo la plena convicción que veremos multitudes venir al conocimiento de Jesu­cristo y cientos de congregaciones comenzando aún en las tie­rras más áridas.

La única pretensión o an­helo es que de alguna manera podamos ser herramientas útiles en las manos de Dios para la extensión de su reino. Así, «conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, como perito arquitecto  ponemos el fundamento, para que muchos otros sobreedifiquen encima» (1 Co 3.10).

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